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sábado, 11 de agosto de 2018

Churchil no nos salvará

Cada vez que el presidente Torra folkloritza la libertad de los catalanes recuerdo Curzio Malaparte y aquello que decía para provocar a los oficiales nazis que Hitler era una mujer. No creo que el escritor tuviera intención de insultar a las señoras con esta comparación. Más bien me parece que quería poner de manifiesto el tipo de monstruos y espantajos que los colectivos necesitados de reconocimiento producen cuando se sienten acosados y débiles.

Ahora que lo recuerdo, Armand Obiols dijo lo mismo de Lluís Companys en un texto escrito en el exilio que está recogido en Burdeos 45, un volumen corto, pero brillante, que me ayudó muchísimo a plantear mi biografía. Obiols describía al presidente mártir como un hombre que tergiversaba las palabras para buscar la aprobación del público y que después se encastillaba en un orgullo trágico y vanidoso cuando la realidad lo contradecía y lo ponía contra las cuerdas.

La situación de la mujer ha cambiado y, si Vladímir Putin no lo impide, estas comparaciones sonarán cada vez más extemporáneas. La voluntad de poder de las señoras cada día tiene más mecanismos para no acabar como una fachada vacía, hecha de frustración o de ira. Aún así, las sublimaciones del complejo de inferioridad que se derivan de las situaciones de impotencia y de represión siempre serán un escollo peligroso para los colectivos que luchan para liberarse.

En 1939, Sebastian Haffner anticipó el desastre de Alemania siguiendo esta sola idea. Historia de un alemán es un libro perfecto para entender por qué el amarillismo se ha apoderado de Catalunya. Cuando Haffner dice que los alemanes no tienen sufiente cultura para saber qué hacer con la libertad, cuando advierte sobre los abusos del lenguaje o habla de la mezcla de sentimentalismo y de inseguridad que convirtió la cultura germánica en un castillo de arena, habla de todo lo que representa el procesismo.

En vez de ponerse una fotografía de Churchill en el bolsillo de la americana estaría bien que el presidente Torra tratara de articular un discurso más elevado. Para las banalizaciones ya tenemos a Inés Arrimadas con vestido de noche en el Parlamento o los titulares de La Vanguardia. No sólo no ganaremos nunca al Estado español con amuletos simbólicos y discursos de brujo; sin una idea elaborada de cómo los catalanes tienen que afrontar el mundo que viene, la globalización nos pasará por encima.

Mientras discutimos sobre cruces y lazos amarillos, el mundo gira hacia la geopolítica de la bomba atómica y de los valores fuertes, otra vez. Pablo Casado puede parecer de plástico, pero su aparición está más en línea con la historia que los políticos catalanes que se indignan con sus discursos. Estamos a un paso de encontrarnos como en el final del pujolismo, cuando Aznar trabajaba para centralizar España en torno a una idea de modernidad y el nacionalismo catalán todavía vivía como si el móvil e internet no hubieran fulminado el fax.

Incluso aunque no utilizáramos Churchill sólo para presumir, como hace el presidente Torra, el viejo premier británico ya no puede salvarnos. La guerra ya no es lo que era y el héroe de 1940 forma parte de una época que ha agotado sus principios y sus estrategias. Hay un mundo por inventar y, como diría Xavier Servat, Catalunya puede tratar de dominar intelectualmente Europa o puede seguir discutiéndose con Tabàrnia, cosa que lleva a un fracaso más seguro y de paso es mucho más cómodo.

Cuando empezó el proceso, teníamos todos los números para dar esperanza a Occidente y hasta ahora sólo hemos contribuido a aumentar el caos y la confusión. Mientras los políticos independentistas no integren el mundo en su discurso, mientras no demuestren un mínimo de curiosidad por el papel de Rusia y de China o por el impacto de la inteligencia artificial en la política y en la guerra, iremos vendidos y no superaremos el victimismo. Si sólo sabemos aportar vacío y rituales sentimentales en el mundo, difícilmente encontraremos un lugar entre el resto de países.

Enric Vila

lunes, 18 de septiembre de 2017

Manuel Azaña, su decepción con Cataluña

Traición de Lluis Companys.

Cómo cambiaron sus palabras de 1930 a 1937.
El papel de Manuel Azaña, 'político y escritor español que desempeñó los cargos de presidente del Gobierno Provisional de la Segunda República (14 de octubre 1931-16 de diciembre 1931), presidente del Consejo de Ministros (16 de diciembre de 1931-1933) y presidente de la Segunda República (1936-1939)durante la II República Española fue tan trascendental que su biógrafo Franc Sedwick llegó a decir que Azaña "fue" la República. 
Durante este régimen, vigente en España desde 1931 hasta 1939 (los últimos años en guerra), también tuvo un papel protagonista lo que Ortega y Gasset llamó "el problema catalán", es decir, el encaje territorial de Cataluña ante el empuje del nacionalismo y su vertiente independentista, tan de actualidad, de nuevo, en nuestros días. 
La relación de Azaña con Cataluña, como la relación de la República con Cataluña, fue cambiante y cognitiva. El líder republicano pasó de ser uno de los principales impulsores de la autonomía catalana a tener una visión pesimista y decepcionada del problema catalán. El 27 de marzo de 1930, un año antes de proclamarse la República, se produce un significativo encuentro entre políticos madrileños y catalanes durante una visita de los primeros a Barcelona. En la sobremesa de esta comida Azaña, a la sazón presidente del Ateneo de Madrid, expone sus ideas políticas para buscar apoyos. Azaña asegura que su admiración por Cataluña viene de lejos "por su civismo fervoroso y su cohesión nacional" y elogia la voluntad firme de los catalanes de alcanzar "la plenitud de la vida colectiva", reconociendo que en su última estancia en la región había apreciado la profundidad del sentimiento nacionalista, que incluso "apreciaba ya sintiéndolo como propio" al haber interiorizado su "emoción". "UNA UNIÓN LIBRE ENTRE IGUALES" En este discurso, Azaña identifica la libertad de Cataluña con la libertad de España y expresa que los lazos espirituales, históricos y económicos no tendrían que provocar una ruptura. El republicano se manifiesta partidario de conseguir "una unión libre entre iguales" con el mismo rango dentro del mundo hispánico común. 
Además, deja abierta la puerta de salida de España: "Si en algún momento dominara en Cataluña otra voluntad y resolviera remar sola en su navío, sería justo permitirlo y nuestro deber consistiría en dejaros en paz, y si esto sucediera os desearíamos buena suerte hasta que cicatrizara la herida", prometió Azaña ante los políticos catalanes. En el decisivo Pacto de San Sebastián firmado el 18 de agosto de 1930 entre republicanos, socialistas y nacionalistas catalanes se acuerda, junto a la estrategia para poner fin a la Monarquía e instaurar la República, reconocer la autonomía catalana cuando este régimen se implantase. 

EL ESTATUTO DE NURIA 

Dicho y hecho. Solo un año y medio después de las palabras de Azaña se empieza a debatir el proyecto del Estatuto catalán en el Congreso de los Diputados, desde octubre de 1931 hasta agosto de 1932. Azaña, desde su cargo de presidente del Gobierno, fue uno de los grandes inspiradores y defensores del Estatuto de Nuria, el primero en dotar de autonomía a Cataluña, permitiéndole tener un gobierno y un parlamento propios, así como ejercer determinadas competencias. Este optimismo de Azaña con respecto a la autonomía de Cataluña se convirtió en decepción en poco tiempo. Primero, cuando Companys proclamó "el Estado catalán dentro de la República federal española" desde el balcón de la Generalitat, el 6 de octubre de 1934, aprovechando un momento de inestabilidad política por la Revolución de Asturias. 
Dos años más tarde, le decepcionaría también el comportamiento del gobierno autonómico ante el alzamiento de Franco, más preocupado a su juicio por proteger sus intereses políticos que por hacer causa común con la República para ganar la guerra.

ENCUENTRO CON PI I SUNYER 

Ilustrativas de esta decepción y desencanto son las palabras de Azaña durante una conversación con su amigo Carles Pi i Sunyer. Este político de ERC había sido presidente de este partido entre 1933 y 1935, alcalde de Barcelona desde febrero de 1934 y nuevamente desde febrero de 1936 (tras pasar por la cárcel por la insurrección de octubre del 34), ministro de Trabajo de la República en 1933 y, desde 1937, era el consejero de Cultura de la Generalitat. El encuentro, que tuvo lugar en Valencia, lo relata el propio Azaña en su diario el 19 de septiembre de 1937 y el texto lo recoge Eduardo García de Enterría en su libro compilatorio:
'Manuel Azaña. Sobre la autonomía de Cataluña', citado a su vez por el artículo 'Cataluña, la decepción de Azaña', firmado por el Grupo Ramón Llull en el Diario de Mallorca. En ese contexto de guerra civil ya avanzada, Pi i Sunyer presenta sus quejas a Azaña, acusando al Gobierno de la República de una acción sostenida y sistemática de rebajamiento del gobierno autónomo, y preguntándose si se quiere llegar a suprimir la Generalitat. 


Según Pi i Sunyer, la pérdida de territorio de la República ante Franco, manteniendo el de Cataluña íntegro, debería haber supuesto un aumento del poder político catalán. Azaña le responde: 
"Estas cuestiones no se miden por metros. Lo que el Estado representa no se estira ni se encoge según los movimientos de las tropas en el suelo". 
Pi i Sunyer le manifiesta el temor de que las cesiones al Gobierno central conduzcan a un final a su juicio desastroso para Cataluña: 
La supresión de la autonomía. Entonces Azaña replica con la actuación política de Companys, a quien reprocha sus transgresiones e invasiones de funciones con este inventario: 
"Asaltaron la frontera, las aduanas, el Banco de España, Montjuic, los cuarteles, el parque, la Telefónica, la Campsa, el puerto, las minas de potasa, crearon la consejería de Defensa, se pusieron a dirigir su guerra que fue un modo de impedirla, quisieron conquistar Aragón, decretaron la insensata expedición a Baleares para construir la gran Cataluña de Prat de la Riba..." "

EN FRANCA REBELIÓN E INSUBORDINACIÓN 

El todavía presidente republicano prosigue criticando el programa de Lluis Companys, que califica como el programa ampliado de la revolución del 6 de octubre de 1934. Acusa a la Generalitat de haber vivido "en franca rebelión e insubordinación, y si no ha tomado las armas para hacer la guerra al Estado será o porque no las tiene o por falta de decisión o por ambas cosas, pero no por falta de ganas". 

Azaña también afea a Pi i Sunyer las intenciones de Cataluña de actuar como nación "neutral" en la guerra civil (en el libro 'Aturar la guerra', de Gori Mir, se relatan las gestiones secretas de Companys ante el Gobierno británico para parar la guerra en Cataluña). El presidente se lamenta recordando su apoyo al Estatuto de autonomía: "Por lo visto es más fácil hacer un Estatuto que arrancar el recelo, la desconfianza y el sentimiento deprimente de un pueblo incomprendido". Y sentencia que si al pueblo español se le colocara otra vez en el trance de "optar entre una federación de repúblicas y un régimen centralista, la inmensa mayoría optaría por el segundo". 
Precisamente el suelo catalán fue el último suelo español que pisaría Azaña, quien al amanecer del 5 de febrero de 1939 cruzó a pie la frontera de Francia por uno de los pasos de Le Perthus, acompañado por el presidente del Gobierno, Juan Negrín, el presidente de las Cortes, Diego Martínez Barrio, un reducido séquito y algunos familiares, en total unas 20 personas.

De aquellos polvos estos lodos

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